Con la edad, nuestro cuerpo experimenta cambios en el sistema musculoesquelético. La pérdida de densidad ósea y de masa muscular, entre otras aumentan la probabilidad de sufrir lesiones que comprometan la integridad de nuestros huesos.
El envejecimiento conlleva ciertos cambios corporales. Aparecen arrugas, se tienen problemas de visión u oído, las articulaciones no responden tan bien al movimiento como antes y la memoria empieza a perderse. A menudo, con el avance de la edad, también debemos aprender a convivir con el dolor.
La última Encuesta de Salud de España recoge un dato muy interesante: el 40 % de las personas mayores de 75 años percibe su salud como buena, un 3 % más que en años anteriores. Pese a esta visión positiva de su estado de salud, las lesiones traumatológicas siguen formando parte del día a día de este segmento de la población. De hecho, el 30 % de los mayores de 65 años sufren una caída una vez al año y, como consecuencia, muchos de ellos presentan algún tipo de fractura.
Aunque una buena alimentación y la actividad física pueden retrasar los signos de envejecimiento, se trata de un proceso natural. Con el paso del tiempo, nuestro organismo va deteriorándose. Eso incluye también nuestro sistema musculoesquelético, que se vuelve menos denso y más frágil y, como consecuencia, más proclive a sufrir lesiones traumatológicas.
Este tipo de lesiones está muy relacionado con el aumento del riesgo de caer en personas mayores, cuyas causas principales incluyen:

Aunque no es la lesión traumatológica más habitual en la tercera edad, la fractura de fémur es una de las más graves por sus consecuencias. Este tipo de fractura suele implicar hospitalización, cirugía y un largo proceso de rehabilitación, y puede suponer una pérdida importante de autonomía e incluso un aumento de la mortalidad en personas mayores.
El verdadero riesgo no reside únicamente en la fractura en sí, sino en sus efectos posteriores. La inmovilización, la pérdida de autonomía y disminución de la movilidad, incrementa el riesgo de nuevas caídas y dificulta recuperar la independencia. Además, la pérdida de actividad física puede afectar al sistema inmunológico y favorecer la aparición de otras enfermedades, desde infecciones respiratorias hasta complicaciones metabólicas.
Por eso, la principal estrategia de prevención no es solo proteger los huesos, sino cuidar la musculatura y mantener el cuerpo activo.
La prevención en el centro es clave y se basa en la actuación del equipo profesional en varios frentes:
La actividad física es una de las herramientas más eficaces para prevenir caídas y fracturas de fémur. Actividades como caminar, realizar ejercicios de equilibrio, fortalecer la musculatura de piernas y caderas o practicar ejercicios de coordinación ayudan a mejorar la estabilidad y la confianza al moverse.

Entre los ejercicios más habituales para prevenir la fractura de fémur, encontraremos:
Estos ejercicios ayudan a mantener la fuerza de las piernas y la cadera, fundamentales para la estabilidad al caminar y levantarse. Algunos ejemplos son levantarse y sentarse de una silla de forma controlada, las sentadillas asistidas sujetándose a un apoyo estable o la elevación de piernas en posición sentada o tumbada.
Trabajar el equilibrio reduce el riesgo de caídas, una de las principales causas de la fractura de fémur. Pueden realizarse ejercicios sencillos como mantenerse de pie sobre una pierna con apoyo, caminar en línea recta colocando un pie delante del otro o desplazarse lateralmente sujetándose a una pared o a una silla.
Mantener la movilidad de la cadera y la elasticidad muscular ayuda a prevenir rigideces y movimientos bruscos. Son útiles los estiramientos suaves de cadera, muslos y glúteos, así como ejercicios de rotación y balanceo de piernas dentro de un rango cómodo y seguro.
En cualquier caso, será el fisioterapeuta quien determinen los mejores ejercicios para cada persona, dependiendo de las condiciones físicas y de salud de cada paciente.
En definitiva, la fractura de fémur no es un problema inevitable del envejecimiento, sino una lesión en gran parte prevenible. Mantenerse activo, cuidar la alimentación y adaptar el entorno son claves para reducir el riesgo de caídas. La prevención, especialmente en residencias, es la mejor herramienta para preservar la autonomía y la calidad de vida en la tercera edad.
